La II República según Javier Cercas en su obra “El monarca de las sombras”. Capítulo 4.

mayo 15, 2017

“El origen de la crisis se remontaba al origen mismo del nuevo régimen. La República contaba en su arranque eufórico con dos apoyos básicos: por un lado el proletariado urbano y rural, obreros y campesinos cada vez más conscientes de la injusticia feroz que los había condenado a una servidumbre humillante y una miseria inmemorial y cada vez más deseosos de liberarse de ambas; por otro lado, una parte muy importante de la clase media y mayoritaria en el país, incluido un número cada vez mayor de campesinos con tierra: esta clase media entendía con razón que sus intereses no divergían en lo esencial de los del proletariado (y que la República podía defenderlos) aunque, a diferencia del proletariado, se definía por su apoliticismo y su conformismo, por su apego a los hábitos y rutinas tradicionales, por su recelo instintivo ante lo nuevo, su confianza en las autoridades fuertes y su devoción fetichista por el orden público y la estabilidad. No obstante, la II República también padeció desde su primer segundo de vida el acoso inflexible de la oligarquía y la Iglesia católica. Acampadas a su antojo en el país desde el medievo, acostumbradas a considerarlo propiedad privada, ambas fuerzas sintieron peligrar su poder incontestado con la llegada de las nuevas autoridades y se lanzaron a una conspiración permanente contra ellas. A esta conspiración se sumó otra: la orquestada por una coyuntura histórica funesta, con un país de anémica tradición democrática, con la crisis mundial de 1929 todavía haciendo estragos en su maltrecha economía y con el fascismo y el comunismo extendiendo su sombra totalitaria sobre Europa. En estas circunstancias la II República no podía permitirse el lujo de cometer errores, por lo menos grandes errores; el hecho es que cometió bastantes, grandes y pequeños: obró con candor, con torpeza, a veces con dogmatismo y casi siempre con más buena voluntad y ambición que prudencia, emprendiendo las reformas descomunales que necesitaba el país de forma simultánea y no sucesiva o escalonada, sin medir con realismo la propia fortaleza y la fortaleza de sus oponentes y generando unas expectativas imposibles de satisfacer entre sus partidarios, sobre todo entre algunos de sus partidarios, los más menesterosos e izquierdistas, la doliente muchedumbre de humillados y ofendidos por la prepotencia de los poderosos. Fue un error fatal. Porque, frustrados y exasperados por la lentitud de las reformas y por la intransigencia sin fisuras de la derecha, los humillados y ofendidos empezaron a desconfiar de los métodos democráticos de la República e iniciaron un proceso de radicalización que los condujo al enfrentamiento violento y el motín sin esperanza, y que condujo a la República a perder a chorros el favor de aquella parte de la clase media que, aunque compartía muchos más intereses reales con los humillados y ofendidos que con la oligarquía y la Iglesia católica, compartía con la Iglesia católica y la oligarquía su amor supersticioso por el orden y las tradiciones y su miedo cerval a la revolución.”

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