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El objetivo del manifiesto es bien conocido, pues se centraba en justificar la necesidad de anular toda la obra de las Cortes de Cádiz y sentar las bases del nuevo tiempo político a partir de la celebración de “Cortes con la solemnidad y en la forma que se celebraron las antiguas”. Con este fin, trataba de desligitimar todo el proceso que había llevado hasta la promulgación de la Constitución de Cádiz, que debía darse por nula, dado que no había sido aprobada ni por el rey, ni por las provincias.
De entrada, criticaba el modo en que se habían reunido las juntas, “defectuosas en su origen”, así como el procedimiento seguido por los subalternos de la Junta Central para silenciar el decreto de convocatoria de cortes de enero de 1810, que debía haber dado lugar a la reunión de unas cortes cercanas a las antiguas de España y no a las que finalmente se celebraron de forma irregular en Cádiz, “compuestas de cerca de doscientos hombres, que solo representaban una confusión popular: y este fue el primer defecto insanable, que causó nulidad de cuando se actuó”. A continuación, negaba que las cortes gaditanas tuvieran encargo constitucional alguno y las censuraban tanto por habérselo arrogado, como por “imitar ciegamente los [pasos] de la revolución francesa”.
La tacha de revolucionaria, democrática y francesa sería, precisamente, el eje sobre el que giraría la desacreditación de la Constitución de 1812 a los ojos del rey, a quien no solo le fue definida como “encanto de la popularidad”, sino también como heredera del texto francés “que ató las manos a Luis XVI en Francia, principio del trastorno universal de Europa, de ese código en fin, cuya duración conduciría al pueblo a su precipicio”.
El éxito de este argumentario es bien conocido, pues la idea de convocar cortes y reformular las bases de la política y la legislación española creó tanta inquietud en Fernando VII, que no sólo anuló la labor de las Cortes de Cádiz, sino que ni siquiera llegó a reunir las cortes tradicionales que reclamaban los firmantes del manifiesto, abriendo paso a un definido en el interior por la exclusión de liberales y afrancesados de la vida pública, y en el exterior por la descalificación de España como gran potencia.
(Fuente: Gonzalo Butrón Prida: El Manifiesto de los Persas, en la Revista Andalucía en la Historia, nº44, Sevilla, 2014, p.77)