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“El origen de la crisis se remontaba al origen mismo del nuevo régimen. La República contaba en su arranque eufórico con dos apoyos básicos: por un lado el proletariado urbano y rural, obreros y campesinos cada vez más conscientes de la injusticia feroz que los había condenado a una servidumbre humillante y una miseria inmemorial y cada vez más deseosos de liberarse de ambas; por otro lado, una parte muy importante de la clase media y mayoritaria en el país, incluido un número cada vez mayor de campesinos con tierra: esta clase media entendía con razón que sus intereses no divergían en lo esencial de los del proletariado (y que la República podía defenderlos) aunque, a diferencia del proletariado, se definía por su apoliticismo y su conformismo, por su apego a los hábitos y rutinas tradicionales, por su recelo instintivo ante lo nuevo, su confianza en las autoridades fuertes y su devoción fetichista por el orden público y la estabilidad. No obstante, la II República también padeció desde su primer segundo de vida el acoso inflexible de la oligarquía y la Iglesia católica. Acampadas a su antojo en el país desde el medievo, acostumbradas a considerarlo propiedad privada, ambas fuerzas sintieron peligrar su poder incontestado con la llegada de las nuevas autoridades y se lanzaron a una conspiración permanente contra ellas. A esta conspiración se sumó otra: la orquestada por una coyuntura histórica funesta, con un país de anémica tradición democrática, con la crisis mundial de 1929 todavía haciendo estragos en su maltrecha economía y con el fascismo y el comunismo extendiendo su sombra totalitaria sobre Europa. En estas circunstancias la II República no podía permitirse el lujo de cometer errores, por lo menos grandes errores; el hecho es que cometió bastantes, grandes y pequeños: obró con candor, con torpeza, a veces con dogmatismo y casi siempre con más buena voluntad y ambición que prudencia, emprendiendo las reformas descomunales que necesitaba el país de forma simultánea y no sucesiva o escalonada, sin medir con realismo la propia fortaleza y la fortaleza de sus oponentes y generando unas expectativas imposibles de satisfacer entre sus partidarios, sobre todo entre algunos de sus partidarios, los más menesterosos e izquierdistas, la doliente muchedumbre de humillados y ofendidos por la prepotencia de los poderosos. Fue un error fatal. Porque, frustrados y exasperados por la lentitud de las reformas y por la intransigencia sin fisuras de la derecha, los humillados y ofendidos empezaron a desconfiar de los métodos democráticos de la República e iniciaron un proceso de radicalización que los condujo al enfrentamiento violento y el motín sin esperanza, y que condujo a la República a perder a chorros el favor de aquella parte de la clase media que, aunque compartía muchos más intereses reales con los humillados y ofendidos que con la oligarquía y la Iglesia católica, compartía con la Iglesia católica y la oligarquía su amor supersticioso por el orden y las tradiciones y su miedo cerval a la revolución.”

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/25/actualidad/1493102727_579101.html

http://ctxt.es/es/20170322/Politica/11782/Extremadura-25-marzo-II-Republica-Guerra-Civil-reforma-agraria.htm

http://play.cadenaser.com/widget/audio/001RD010000004465195

http://blogs.elpais.com/historias/2016/09/un-dirigente-obrero-en-el-gobierno-de-la-republica.html